Esta es una foto vieja. Hace años, cuando tenía mi negocio en San José, iba casi a diario al centro y con el tiempo uno se familiariza con los indigentes que habitan esas calles. Siempre quise contar sus historias, pero nunca sacar provecho de ellas.
Hay ciertos personajes que se vuelven parte del paisaje urbano: como una banca desgastada, como una estatua más que nadie mira. Tienen su espacio, su esquina, su rutina conocida. Pero un día, de repente, dejan de estar. Y es imposible no preguntarse: ¿dónde están ahora? ¿Están bien? ¿Están mejor? ¿Qué pasó?
Con su ausencia —y con la duda— nace algo curioso: el interés genuino por su bienestar. Porque mientras los veías a diario, su presencia se daba por sentada. Su situación, aunque difícil, parecía regular, casi parte del orden natural de las cosas.
Y entonces viene la pregunta que no tiene respuesta fácil: ¿puede alguien estar en situación de calle por decisión propia? ¿Es libertad o es trampa? ¿Voluntad o adicción? Quizás ambas cosas al mismo tiempo. Quizás la línea entre elegir y no poder elegir es más delgada de lo que queremos creer.